Miguel Ángel esta sentado en su cama, haciendo cualquier cosa, mientras Angelita lo mira. Su mente recorre mil mundos paralelos, diferentes. Todos le muestran una realidad diferente a la que vive hoy con el.
Miguel Ángel tambien la mira, pero no sabe en que piensa ella.
La mira y sigue haciendo lo suyo: acompañarla.
Cambia el punto invisible en la pared por su hombro derecho.
Agacha su cabeza, siente lagrimas en sus ojos, de repente imagina todo destruido, y se levanta de la cama.
Miguel Angel no entiende, y Angelita no quiere explicarle. No quiere que él la mire de otra manera, y no quiere escuchar lo que ella cree que Miguel Angel va a responder.
No quiere que la imágen de mujer que sabe perfectamente lo que quiere se desvanezca, tome otro color, o se pierda. No quiere que la tome por lo que Angelita siempre odio.
Una mujer con sentimientos.
Prefiere enterrarlos muy profundo, donde el no llegue.
Donde Miguel Angel no pueda encontrarlos con sus mil preguntas, con una respuesta que puede que él ya sepa, pero que quiere escuchar de su boca.
El problema de los sentimientos de Angelita es que siguen ahí.
Está segura que se protege mejor así,
que no se arriesga demasiado,
que no le apuesta tanto,
que al final de todo, le va a doler .
Y aunque Miguel Ángel le haya dicho mil veces los planes que tiene junto a ella,
todo lo que quiere vivir con ella,
Angelita no lo ve así,
no lo siente así.
Tan sencillo como que todo parece alguna de sus realidades inventadas, idealizadas
con casas, camas, sábanas;
con una delgada línea que sabe que es real:
Un adios sin nada que no permita que ocurra.
Un simple adios, sin nada que los ate, los mantenga juntos,
nada que los obligue a ver su contrato de compañía, porque no hubo.
Nada.
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